Otro finde multitudinario en el Parador Usina

Jornadas de gran circulación de público y disfrute alrededor de la música, el humor y las teatralizaciones se vivieron este viernes y sábado en el Parador Usina. Sig Ragga y Noleskatime fueron el mayor atractivo del viernes, mientras que el sábado el casamiento balcánico fue el gran protagonista.

Eva Cabrera inició la jornada del viernes con su humor plagado de anécdotas de la cotidianeidad que transita como mujer, madre, amiga, trabajadora. Los presentes celebraron sus humoradas con risas, acompañando en ocasiones con palmas y aplausos.

El grupo vialense Noleskatime encendió el escenario en la calurosa noche con sus temas musicales. La voz del grupo, Joaquín Schmuck, agradeció el espacio brindado remarcando «que es importante este tipo de eventos para difundir la música under de Entre Ríos», e invitó a los presentes a comprar las producciones entrerrianas que se ofrecían en el stand del Colectivo de Industrias Musicales Autogestionadas (CIMA) ubicado en el predio.

Juan, Antonella, Tatania y Victoria le dieron vida a la danza con telas. Los integrantes del grupo Fusionarte de Diamante, fueron seguidos atentamente por el público que se vio sorprendido por la performance, filmando con sus celulares y aplaudiendo cada bailarín.

Sigg Ragga fue el broche de la noche, subiendo al escenario con sus trajes blancos y rostros plateados que le imprimen un sello particular al grupo santafesino. Sin parar de moverse con breves pasos, como si fueran una suave marea, moviendo las cabezas y alzando los brazos, la gran cantidad jóvenes presentes corearon las canciones y se emocionaron con el espectáculo que entrelazó imágenes, luces y el reggae fusión de la banda.

Los preparativos

El clima del sábado amenazaba desde temprano aunque al principio la humedad no daba tregua. Cerca del río, en el Parador Usina el personal de trabajadoras y trabajadores del centro cultural recuperaba cada uno de los rincones del predio, que la noche anterior había estado colmado una vez más. Las lucecitas y banderines ondeaban nuevamente como si nada y se disponían para que la función continúe. Los food truck se acomodaban a un lado y otro de la calle de ingreso al predio, incorporándose algunos nuevos emprendimientos, como algunas dedicados al rubro de los dulces y las bebidas.

Entre camarines, y un poco a escondidas de las miradas de los curiosos, las primeras novias tenían la tarea de vestirse y peinarse entre ellas. En la sala de convenciones la DJ Ro García ordenaba los equipos. Mientras, Catalina Rapuzzio -coordinadora del patio gastronómico- disponía en el centro de la sala una gran mesa de gala para éstos versátiles contrayentes con una estética gitana pero con mucha cadencia del litoral. Hojas verdes y lámparas de velas eran los detalles indicados para la mesa colectiva. Entre tanto, Roxana -una trabajadora de La Usina- dirigía una comitiva de compañeros de trabajo, poniendo manteles y lamparitas en las mesas del patio. Al mismo tiempo, se reportaba con el handy con Francisca Dagostino -la directora del centro cultural-, que estaba en la otra punta del predio, «acá ya está todo listo». A una velocidad estudiada todos los engranajes de la producción se ajustaban y se disponían para la fiesta.

Celebración de la fiesta

Al aire libre y en el escenario, el DJ Nacho Koornstra subía el volumen en el sector más cercano al Instituto Audiovisual de Entre Ríos. En las mesas ubicadas junto a él los grupos familiares se contagiaban cada tanto de algún movimiento gipsy. En la sala Verónica Kuttel las dos bandas musicales de la noche iban y venían en preparativos con los sonidistas y asistentes de La Vieja Usina. Los paranaenses BOK y los porteños de Babel Orkesta compartieron el mate y las noticias sobre el clima que amenazaba pero no se terminaba de decidir.

Con la cantidad justa de gente, los ritmos balcánicos llenaron todos los espacios del predio. Eran reconocibles los rostros de aquellas y aquellos que gustan del género y siguen las tertulias desde las legendarias fiestas en el Almacén de Bajada Grande, tan conocidas en Paraná. Con estos guiños y otras nuevas fusiones los DJs entablaron esa comunicación tan efectiva y no verbal, que consiste esencialmente en el movimiento, los saltos, la ronda fraternal y la energía de la fiesta.

Antes de las 21 salieron las novias a invitar entre el público a personas que quisieran casarse. Los que se atrevían al desafío, ingresaban en la sala de convenciones y se hacían un improvisado tocado con velos. Los varones podían elegir también entre moños y corbatas. Luego de ese proceso, venía el ritual de la foto. Muchos se entusiasmaron con el juego, incluso el equipo de trabajo.

No solamente los y las más jóvenes se acercan a ver de qué se trataba. También una pareja mayor se entusiasmó con el cotillón de tul blanco para los novios improvisados. Una abuela le insiste al abuelo justo en la entrada a la sala «vamos a entrar a mirar». Un grupo de novias bailarinas desplegaba una coreografía bien típica y sorprendía a los recién llegados. A continuación se bailó el vals con parejas propias y prestadas; y en el bis algunos novios invitaron a gente de la platea. Cuando el vals finalizó y casi de manera espontánea al oír los acordes de la danza de Zorba, los entusiasmados contrayentes formaron una gran ronda. Al principio en cámara lenta y tratando de coordinar entre todos la dirección de los pasos, y después lentamente in crescendo en velocidad, para terminar eufóricamente a los saltos. El broche final fue el aplauso cerrado y la carcajada.

Seguidamente la DJ Ro García proponía bailar «disco disco partizani» pero la comitiva de novias eran requeridas en el exterior. Mención especial merecen unos tres gitanos trajeados con colores estridentes que seguían a la comitiva de muchachas, quienes -sin dudas- conducían la caravana y tomaban las decisiones.

Una primer comparsa gitana -de varias que sucedieron durante la noche- se inició en el patio seguida por las novias diversas. Los instrumentos de viento de BOK y los redoblantes eran un llamador al movimiento. Invitaban al público al inicio del concierto de la banda. Los paranaenses viraron del típico balkan, al electrónico pasando por el pop y un flamenco fusionado. La sala llena los despidió con un gran aplauso.

Imitando los intervalos de una verdadera boda gitana, el Parador Usina también organizó el intercambio de ligas entre las novias y luego hubo un espectáculo de teatralización y danzas a cargo de la compañía Berenice Dance. En la tribuna, grandes y chicos, acompañaba con las palmas a la conducción de la novia anfitriona y atormentada, la actriz Antonella Fernández Pabón, quien animó al público toda la noche con sus brillantes ocurrencias. Todo esto ocurrió antes de cortar la torta de casamiento que se repartió entre el público.

Miradas diversas

Entre los asistentes los comentarios eran dispares: «yo estoy en contra de cualquier tipo de matrimonio, porque no creo en la monogamia», decía un cuarentón. Mientras el otro le respondía «acá hay novias para todos los gustos». «Es muy divertido esto. Como mi novio no se quiso casar conmigo, me terminé casando con mi amiga, y nos sacaron fotos», decía otra chica. Los relatos de historias amorosas fueron moneda corriente «yo siempre fui noviero, pero nunca me animé a casarme»; «yo voy por el segundo matrimonio y no sé qué decirte».

Más allá de las anécdotas y las sorpresas de los reacios, las parejas del Parador balcánico expresaban la diversidad: entre novios, entre padres e hijos, entre amigos, multi parejas, del mismo sexo, entre parejas que se conocieron allí mismo. Incluso hubo novias y novios fugitivos. Todas y todos intentando también, de alguna manera, tomar de un ritual común a muchas cosmovisiones (político-religiosas) lo que tiene de celebración, independientemente de lo que se piense del amor romántico o de la deconstrucción del mismo. Ese fue el plus de la composición de la escena colectiva.

La estética también fue el resultado de una confluencia entre la propuesta específicamente balkan evidentemente multicultural, con el agregado de pañuelos verdes, cultura urbana y ropa de calle simple y sencilla.

Babel cerró la noche. Arrancó desde el escenario al aire libre. Entre el público fue interviniendo con las personas presentes. Las niñas y niños fueron los primeros en sentirse convocados al sonido de los trombones. Al llegar al interior de la sala una de las primeras canciones fue «Cara de Gitana» y el público explotó para bailar un flamenco sin muchas reglas, moviendo las manos en lo alto.

Todo lo que sucedió después fue una sucesión de juegos mezclados con canciones y consignas para cambiar de parejas y seguir divirtiéndose. En el momento inicial hubo desfile de parejas con una marcha nupcial balkan para finalizar con las novias en el escenario tirando el ramo a la platea.
Babel Orkesta unió, de manera irreverente, el teatro y la música. El sábado por la noche la banda rindió un homenaje a la alegría, a la felicidad compartida, forjando con maestría un diálogo con el público. Hubo gypsy, tarantela, paso doble, klezmer, swing y chamamé. Nadie en la sala Verónica Kuttel se quedó sin saltar. «Gracias al universo que siempre está a nuestro favor. Nos encontramos en cualquier red», se despidió el cantante.

Pasada la medianoche el calor dio paso a una copiosa lluvia que alivió el calor de la ciudad. Sin embargo, y como pasa a veces en los finales de las fiestas, los protagonistas se quedaron esperando que escampe mientras bailaban los últimos temas descalzos y despeinados en la sala de convenciones. Y se apagaron las luces del Parador esperando una nueva jornada de Cultura Encendida.

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